La baja autoestima está en el origen de la ansiedad desadaptativa

Arnoldo Arana

Doctorado en Consejería de la Universidad Rhema en Jacksonville, Florida – USA. Maestría en Gerencia de Empresa y Lcdo. en Contaduría Pública. Coach certificado por la ICF. Psicoterapeuta. Escritor y conferencista en liderazgo, coaching y vida familiar.
11 julio 2022

Las amenazas a nuestra autoestima o la idea que nos hacemos de nosotros mismos, causan con frecuencia mucha más ansiedad que las amenazas a nuestra integridad física. Sigmund Freud.

Muchas personas acaban usando la ansiedad como escudo, para de esta forma no lidiar con el problema original: la baja autoestima.

Una causa predisponente de la ansiedad desadaptativa lo constituye la baja autoestima. La forma como gestionamos la ansiedad está muy relacionada con el nivel de autoestima que poseemos. La baja autoestima puede ser precursora de trastornos de ansiedad.

La baja autoestima y la ansiedad están estrechamente relacionadas. La ansiedad y la autoestima se retroalimentan recíprocamente. Las personas que tienen problemas de autoestima son más propensas a desarrollar problemas de ansiedad, y viceversa.

Qué esconde la baja autoestima

Detrás la ansiedad se encuentra en muchos casos la indefensión, la inseguridad, el bajo auto-concepto. Cuando la visión que tenemos de nosotros mismos está disminuida y fragmentada, por esas grietas entran las inseguridades y la incapacidad para manejar la propia vida.

Desde la baja autoestima la persona construye pensamientos negativos y anticipa lo negativo, y crea el caldo de cultivo para que aflore la ansiedad desadaptativa. Ese caldo de cultivo, está aderezado, muchas veces, con sentimientos de incapacidad, diálogo interno crítico y descalificador, inseguridad, infravaloración de los recursos y habilidades propias, temor al fracaso, pesimismo, sensación de falta de control, miedo al cambio, sentimientos de inferioridad, entre otros ingredientes.

Estos síntomas se manifiestan no como una autoevaluación momentánea o circunscrita a una situación, sino al sentido general que desarrollan las personas respecto a sí mismas, independientemente de que haya áreas y roles donde sea marcada con más o menos fuerza, como resultado de sus experiencias vitales a lo largo de su historia de vida.

Y son esas experiencias vitales y la forma como se procesaron las que van configurando la autoestima de la persona. Desde esta perspectiva, la autoestima no es una percepción innata, sino que se adquiere y desarrolla como resultado de nuestra historia y relacionamiento con otros. La autoestima se va construyendo –  recogiendo, asimilando e interiorizando – a partir de las experiencias, de las personas que nos rodean, siendo la etapa más importante para su adquisición, la infancia.

Esa configuración se convierte en la energía que hay en asumir quiénes somos nosotros, en la fuerza interna que da sentido y dirección a nuestra experiencia. Carl Rogers lo resume magistralmente:

La autoestima es el núcleo básico de la personalidad, un conjunto organizado y cambiante de percepciones que se refieren al sujeto. Como ejemplo de estas percepciones citemos: las características, atributos, cualidades y defectos, capacidades y límites, valores y relaciones que el sujeto reconoce como descriptivos de sí y que él percibe como datos de su identidad.

Cómo se va formando la autoestima

Con los años la autoestima va adquiriendo una estructura sólida y estable, no estática, sino dinámica. Por lo tanto, puede crecer, desarrollarse y fortalecerse, y en ocasiones puede devaluarse en forma situacional por fracasos específicos en áreas determinadas.

La autoestima se va construyendo y registrando como una especie de contabilidad, en la que se registran las historias vividas, los resultados obtenidos, los diagnósticos y evaluaciones que hicieron otros de nosotros y las nuestras propias. En ese diario íntimo se registra cada suceso de la vida, cada novedad, cada agravio o afirmación recibida, cada frustración, cada necesidad satisfecha o insatisfecha, todo lo observado y escuchado, cada herida recibida, cada pérdida experimentada, cada fracaso o éxito, cada prejuicio experimentado, el amor o desamor recibido, cada logro celebrado o cada humillación vivida, cada lealtad o cada traición de que fuimos objeto, cada engaño o cada verdad afirmada, cada descalificación o cada validación, cada violación y abuso o cada cuidado que nos prodigaron, cada insulto o elogio recibido. En este proceso todas las vidas con las que nos cruzamos suman: nuestros padres, hermanos mayores, compañeros de clase, vecinos, amigos, maestros y profesores, tutores, conocidos y allegados.

La experiencias de la vida configuran una conciencia y una percepción de nosotros

Todas esas vivencias configuran una conciencia y percepción de nosotros mismos, grabándose, más que como un concepto que se acuña sobre uno mismo, como una predisposición a experienciarse de una manera particular, en términos de competencia y valía, como una forma habitual de percibirnos, de pensar, de sentir, y de comportarnos con nosotros mismos.

Así, se va configurando un concepto, una actitud, un sentimiento, una forma de comportarnos, con la que nos desempeñamos, fijamos nuestros valores, establecemos metas, enfrentamos la realidad, nos relacionamos con otros, nos sentimos, etc.

Desde esta configuración reaccionamos ante los desafíos y amenazas con que el mundo nos confronta, en forma aprensiva o aplomada, con optimismo o pesimismo, con rigidez o con flexibilidad, con adaptabilidad o con mala adaptabilidad, con represión o con aceptación, con angustia o sin angustia.

La baja autoestima hace que apreciemos con baja puntuación nuestros recursos de afrontamiento

Cuando reaccionamos ante el entorno desde la percepción de poca valía y baja valoración de nosotros mismos, nos vemos disminuidos desde nuestras habilidades de afrontamiento. Por eso a menor autoestima mayor afectación de las dificultades, y viceversa. Una baja autoestima, entonces, propicia la ansiedad desadaptativa, porque hace que la persona dude de su capacidad para enfrentar los retos y desafíos de la vida. Una persona con baja autoestima está también más propensa a tener pensamientos negativos, que le genera más posibilidad de disparar niveles de ansiedad más altos.

Así, ante situaciones que no pueden controlar o ante situaciones nuevas, las personas inseguras suelen estar en alerta por la incertidumbre que les genera la situación. Suelen, además, anticipar de forma negativa tanto su comportamiento como el de las demás personas, lo que dispara aún más sus niveles de ansiedad.

También en una persona con baja autoestima están más latentes algunos miedos relacionados con la ansiedad, como, por ejemplo: miedo a ser abandonado, miedo a no ser querido o rechazado, miedo al ridículo, miedo al fracaso, miedo a no dar la talla, entre otros.

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Arnoldo Arana

Doctorado en Consejería de la Universidad Rhema en Jacksonville, Florida – USA. Maestría en Gerencia de Empresa y Lcdo. en Contaduría Pública. Coach certificado por la ICF. Psicoterapeuta. Escritor y conferencista en liderazgo, coaching y vida familiar.

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