La humildad es un atributo esencial del verdadero liderazgo

Arnoldo Arana

Doctorado en Consejería de la Universidad Rhema en Jacksonville, Florida – USA. Maestría en Gerencia de Empresa y Lcdo. en Contaduría Pública. Coach certificado por la ICF. Psicoterapeuta. Escritor y conferencista en liderazgo, coaching y vida familiar.
2 julio 2020

«Sin humildad no podemos descubrir los prejuicios de nuestro pensamiento. Sin descubrir los prejuicios de nuestro pensamiento no podemos ver las realidades para las que no estamos preparados. Sin ver las realidades para las que no estamos preparados no podemos conocer cuándo nuestro mundo cambio y nosotros debemos hacer lo mismo» (Peter Senge).

Qué es la humildad

Significa reconocer lo que somos, sin exagerar ni minimizar; vale decir, tener una estimación real de nosotros mismos; tener una adecuada evaluación y valoración de nosotros mismos. “Es hacer una estimación correcta de uno mismo (Charles H. Spurgeon). C.S. Lewis lo expresa con precisión:

“La humildad no es pensar menos de ti mismo, es pensar menos en ti”.

La humildad es contraria al orgullo

Es contraria a la soberbia, la altivez y la arrogancia, propias del orgullo. El orgullo es una estimación poco honrada de uno mismo y constituye en el fondo un intento desesperado de una persona que se siente desvalorizada, por escapar de sus sentimientos de inferioridad. La persona orgullosa no admite errores, ni ser corregido, ni ser enseñado. Le cuesta además ver los méritos en otros. La persona humilde, por el contrario, permanece enseñable y abierta a la crítica constructiva. Y como es capaz de ver los atributos positivos en otros, deja ser ellos mismos a otros.

El orgulloso, por su traje de infalibilidad que viste, se hace invulnerable (inaccesible) a otros; se vuelve lejano e intransitable para las demás personas.  Por el contrario, la persona humilde se hace vulnerable, no en el sentido de debilidad (carencia) que algunas personas le atribuyen, sino en término de accesibilidad. La vulnerabilidad que acompaña a los humildes, hace que la gente se identifique con ellas, y termina ganándose el corazón de éstos.

Proponiéndome ser humilde en una cultura narcisista

La cultura actual promueve el deseo de ser reconocido, de sobresalir, de ocupar los primeros lugares, de recibir honra y alabanza. Poco se habla hoy de cultivar una actitud de humildad. Para algunos la humildad es sinónimo de desvalorización, de debilidad de carácter, algo servil o despreciable. Por el contrario, la humildad refleja fuerza de carácter y dominio propio; seguridad y autoestima positiva. La humildad va unida al respeto por la persona que somos. En ese sentido, dice Robert Brault:

“Pocos son humildes, porque se necesita una autoestima que pocos poseen”.

La humildad es autenticidad en acción

Es ser uno mismo, en ser auténtico con la gente y en desechar las falsas máscaras. Para ser humildes necesitamos ser honestos y realistas, conocernos y aceptarnos a nosotros mismos tal como somos. Elizabeth Skoglund lo resume:

“La verdadera humildad es simplemente una ausencia de concentración en la propia persona; y significa que mientras me aprecio y acepto a mí mismo, no necesito demostrar excesivamente mi valía ni a mí ni a otros”.

La humildad: vehículo para el servicio a otros

La humildad es la negación de nuestro egoísmo, del deseo de gratificación individualista, de la vanagloria y de la excesiva ambición personal; nace del puro altruismo, del deseo de ayudar a otros. Es fruto del amor fraternal por las personas, que se expresa en el deseo de servir y ayudar a otros. La humildad es el vehículo a través del cual viaja nuestro servicio y ayuda a otros; no podemos servir si estamos demasiado concentrados en nosotros mismos.

La sabiduría se asocia con la humildad

Donde hay humildad hay sabiduría. “Más con los humildes está la sabiduría” (Proverbios 11:2a). Sin humildad no hay conocimiento de sí mismo y, por tanto, falta la sabiduría. La humildad viene de la conciencia que se tiene de sí mismo, lo cual requiere autorreflexión, que es la puerta para el autoconocimiento. Pero para el orgulloso el autoconocimiento se hace difícil, ya que la soberbia y la arrogancia que acompañan al orgulloso, ensombrece su conciencia. Por eso bien dice el dicho: “Donde hay soberbia hay ignorancia”.

La humildad nos ayuda a ver nuestra falibilidad

Ser conscientes de nuestros errores. La persona humilde tiene conciencia de sus habilidades y capacidades propias, y como no tiene nada que demostrar, está más abierta a aprender y a reconocer sus errores, así como a apreciar el valor de las otras personas. La persona humilde reconoce su falibilidad, y como tal, está dispuesta a oír las opiniones de otros y retiene las mejores. Bernhard Haring lo dice magistralmente:

“Sólo el verdaderamente humilde es capaz de apreciar digna y noblemente las cualidades y ventajas del prójimo”.

La humidad facilita la empatía hacia otros

También facilita tener una mayor comprensión de que los demás pueden cometer errores, y estos nos ayuda a ser más comprensivos. No enseña a ser más empáticos. Nos lleva a reconocer otros puntos de vista: ser capaces de ver las cosas desde las perspectivas de otras personas. Esto coadyuva a tener más apertura: mantener una actitud abierta y orientada al aprendizaje. Igualmente facilita el que puedas trabajar en equipo con otras personas, a ser capaz de reconocer sus méritos y aportes.

La humildad potencia nuestro liderazgo

Sin humildad carecemos, además, de disposición para ser vulnerables, lo cual nos hace lejanos a la gente. Por el contrario, en la medida que se crece en humildad se progresa en vulnerabilidad, no en el sentido de debilidad (carencia) que algunas personas le atribuyen, sino en término de accesibilidad. La vulnerabilidad que acompaña a los humildes, hace que la gente se identifique con ellas, y terminan ganándose el corazón de éstos.

En la medida en que un hombre es más humilde crece una visión más correcta de la realidad en él, como consecuencia del conocimiento interno al que accede, pero a la vez por la apertura que muestra hacia otros, lo que le permite generar una interacción más rica, fluida y contextualizada con los demás. Y todo esto redunda en una relación más profunda, abierta y fluida con los colaboradores, lo cual es esencial en el ejercicio del liderazgo; dada la premisa de que los líderes son tan efectivos como firmes y buenas sean sus relaciones con sus colaboradores.

La humildad permite a la persona ser digna de confianza, flexible y adaptable, atributos clave en la gestión del liderazgo.

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Arnoldo Arana

Doctorado en Consejería de la Universidad Rhema en Jacksonville, Florida – USA. Maestría en Gerencia de Empresa y Lcdo. en Contaduría Pública. Coach certificado por la ICF. Psicoterapeuta. Escritor y conferencista en liderazgo, coaching y vida familiar.

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